Por Art1llero
La tecnología llegó al fútbol para corregir errores claros y evidentes, no para reemplazar el criterio arbitral ni convertir cada partido en una revisión forense de todas las jugadas. Sin embargo, esta Copa del Mundo está dejando una sensación cada vez más incómoda, el VAR ha pasado de ser una herramienta de apoyo a convertirse en el verdadero árbitro del juego.
Eso ya es preocupante, pero existe algo aún más grave. La sospecha –fundada en los hechos que hemos visto durante el torneo– de que el VAR no se activa con el mismo criterio para todos. Que unas acciones se revisan hasta encontrar el mínimo detalle para modificar una decisión, mientras otras, igual o más polémicas, simplemente pasan inadvertidas.
Si esa percepción termina instalándose entre jugadores, entrenadores y aficionados, el daño para el fútbol será enorme.
El partido entre Argentina y Egipto representa, quizá, el ejemplo más evidente. Egipto había marcado un extraordinario gol que significaba el 2-0. Sin embargo, el VAR decidió retroceder la jugada para encontrar un pisotón sobre un futbolista argentino ocurrido lejos de la acción que terminó en el gol y en una zona completamente distinta del campo. El tanto fue anulado.
La discusión no radica únicamente en si existió o no la falta, el verdadero debate es por qué esa acción ameritó una revisión tan exhaustiva cuando en otros partidos se han presentado contactos similares que nunca fueron analizados con el mismo rigor.
Ahí nace la desconfianza.
En el fútbol el error humano es aceptable, lo que difícilmente se aceptará, es la percepción de que la tecnología se utiliza de manera selectiva.
No ayuda tampoco la obsesión por los fuera de juego milimétricos. Hoy basta que la punta de un zapato rebase unos milímetros la línea o que una reconstrucción digital determine una ventaja imperceptible para invalidar un gol. El espíritu de la regla ha quedado subordinado a una precisión tecnológica que muchas veces contradice el sentido común.
Mientras tanto, el árbitro pierde autoridad, los asistentes levantan cada vez menos el banderín y las decisiones trascendentes terminan resolviéndose desde una cabina, a cientos de metros de la cancha.
El fútbol nunca ha necesitado árbitros perfectos, necesita árbitros con criterio y honestidad. La tecnología debería fortalecer ese criterio, no sustituirlo.
Ante este escenario, el verdadero riesgo no es que el VAR se equivoque, el verdadero riesgo es que empiece a parecer que interviene sólo cuando conviene.
En el deporte como en la vida, no hay derrota más difícil de remontar que la pérdida de confianza.
