Por Art1llero
Hay entrenadores que ganan títulos; hay otros que cambian la manera de entender el fútbol. Marcelo Bielsa pertenece, sin duda, a esta segunda categoría. Sería intelectualmente deshonesto analizar la eliminación de Uruguay sin reconocer antes la dimensión de su legado.
Su influencia en el fútbol moderno quedó manifiesta desde aquel Newell’s Old Boys que maravilló a Argentina. Después condujo al Athletic Club de Bilbao a dos finales europeas con un fútbol vertiginoso, devolvió la identidad al Leeds United tras años de extravío y transformó a Chile en una selección protagonista, sentando las bases de la generación más exitosa de su historia. Incluso su paso por Argentina, pese al fracaso en el Mundial de Corea-Japón 2002, dejó una escuela táctica que todavía estudian entrenadores de todo el mundo.
Bielsa nunca ha sido un director técnico convencional. Es un obsesivo del detalle, un perfeccionista que entiende el entrenamiento como una búsqueda permanente de la excelencia. Sus interminables sesiones de repetición táctica, donde un movimiento puede ejecutarse decenas de veces hasta alcanzar la sincronía perfecta, forman parte de la leyenda que rodea a uno de los estrategas más influyentes de las últimas décadas.
Durante las eliminatorias sudamericanas pareció demostrar, una vez más, que su método seguía vigente. Uruguay derrotó a Argentina y a Brasil exhibiendo una intensidad asfixiante y recuperó el prestigio competitivo que había perdido en los últimos años. Todo indicaba que el proceso caminaba con firmeza.
Sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario.
La eliminación en la primera fase no puede explicarse únicamente por un error táctico, una mala alineación o una decisión específica. Fue, sobre todo, el fracaso de un liderazgo. Desde antes del debut era evidente que algo no terminaba de encajar. Aquella sesión fotográfica en la que Bielsa evitó mirar a la cámara pareció un detalle menor, pero reflejaba una distancia emocional con el entorno del equipo. Después aparecieron los gestos de incomodidad, las versiones sobre el desgaste provocado por entrenamientos extremos, las diferencias internas y una tensión permanente que terminó trasladándose al terreno de juego.
El liderazgo, como el fútbol, también evoluciona. Lo que funcionaba hace veinte años no necesariamente funciona hoy. En este punto resulta inevitable volver a un libro escrito hace más de dos mil quinientos años.
En El arte de la guerra, Sun Tzu sostiene, en esencia, que un general no puede limitarse a exigir obediencia. Debe comprender el ánimo de sus soldados, saber cuándo presionar y cuándo contener, y conseguir que sus hombres peleen convencidos, no únicamente disciplinados. La disciplina es indispensable, pero por sí sola nunca garantiza la victoria.
Esa enseñanza parece describir con precisión lo ocurrido en Uruguay.
Bielsa mantuvo intacta la disciplina. Nunca renunció a sus principios, nunca modificó su exigencia y nunca negoció su manera de entender el juego. El problema es que el liderazgo no consiste únicamente en tener razón; consiste en lograr que quienes deben ejecutar una idea crean en ella hasta el último minuto.
Las decisiones también alimentaron esa percepción. La exclusión de Luis Suárez, máximo referente de una generación histórica, fue defendible desde una lógica deportiva, pero implicó romper un liderazgo simbólico dentro del vestidor. A ello se sumó la insistencia en mantener a Fernando Muslera como arquero titular, una decisión que terminó magnificándose tras una actuación muy cuestionada frente a España y su sustitución durante el entretiempo.
Ninguna de esas determinaciones explica por sí sola la eliminación; juntas, sin embargo, alimentaron la sensación de un entrenador cada vez más aferrado a sus propias convicciones.
Y quizá ahí aparezca la pregunta de fondo: ¿sigue siendo compatible el modelo de liderazgo de Bielsa con el fútbol del siglo XXI?
El futbolista moderno se desenvuelve en un entorno distinto. Convive con equipos multidisciplinarios, análisis de datos, gestión emocional y una relación menos vertical con la autoridad. La exigencia continúa siendo indispensable, pero ya no basta por sí sola para construir liderazgo.
No se trata de convertir al entrenador en un animador del vestidor ni de renunciar a la disciplina que exige el alto rendimiento. Se trata de entender que dirigir personas nunca ha consistido únicamente en administrar talento; también exige comprender emociones, construir confianza y generar sentido de pertenencia.
Después de tres décadas recorriendo los medios de comunicación –primero desde la narración y el análisis deportivo, y más tarde desde la dirección de organizaciones periodísticas– he comprobado una constante: los proyectos rara vez fracasan por falta de estrategia; con mucha mayor frecuencia fracasan porque el liderazgo deja de conectar con las personas.
Los mejores equipos no son necesariamente los que reúnen a los individuos más brillantes, sino aquellos donde el líder consigue que todos remen en la misma dirección.
Bielsa seguirá siendo uno de los grandes pensadores del fútbol moderno; su influencia es incuestionable y sus aportaciones permanecerán durante décadas en las pizarras de entrenadores de todo el mundo. Pero incluso los estrategas más brillantes deben aceptar que ninguna doctrina es inmune al paso del tiempo.
El fútbol cambia, los jugadores cambian, las organizaciones cambian; y el liderazgo, para seguir siendo efectivo, también debe evolucionar.
