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¿Cómo se vive la 4ta ola feminista?

Gladys de L. Pérez Maldonado

La lucha por la dignificación o empoderamiento de la mujer tiene un primer impulso con la 1era ola del feminismo, que acompañó las ideologías de los siglos XVIII y XIX  -emanadas del ‘Siglo de las Luces’-, donde se exigía incluir a las mujeres en las prerrogativas universales. Las propuestas teóricas las encabezaban Olympe de Gouges y Mary Wollstonecraft, quienes pretendían denunciar las incongruencias de las prácticas sociales dominantes; característica que sigue imperando en el actual discurso feminista. A esta primera ola del feminismo se le conoce como feminismo ilustrado y Bobbio se refiere a ella como el “tiempo de los derechos”.

Su proclama refería: “Sin derechos civiles para las mujeres no hay revolución”; se pedía la abolición de los privilegios masculinos, derechos matrimoniales, derechos de los hijos, al trabajo, a la capacitación profesional, a la educación y al voto.

La dignificación o empoderamiento de las mujeres comenzó a tomar fuerza con los movimientos feministas de los años sesenta y setenta, en el marco de la llamada 2da oleada del feminismo. Esta segunda fase del feminismo se encuentra del siglo XIX a inicios del XX, y es conocida como el movimiento sufragista que busca consolidar el derecho de ciudadanía para las mujeres.

La 2ª ola feminista contó con mujeres más radicales y más críticas, impulsando el Movimiento de la Liberación de las Mujeres [Women´s Liberation Movement, WLM], surgido en Estados Unidos y después impulsado principalmente en el mundo occidental. Kate Miller, en su obra Política Sexual, denuncia la misoginia de los escritores acerca de las pretensiones de verdad del conocimiento, el cual no es neutral ni objetivo, ni el orden social es sexualmente ordenado; remarca la existencia de un patriarcado y la situación de opresión y exclusión de las mujeres.

Esta 2ª ola feminista buscó nuevas señas de identidad, aunque ya era un gran movimiento social de carácter internacional. Su objetivo dejó de ser la lucha por el derecho al voto -conseguido en la gran mayoría de los países occidentales-, para alcanzar ahora la liberación femenina.

Para los años 60 y 70 aparentemente las mujeres tenían conseguido el derecho de ciudadanía, y aparecieron obras y conceptos tan significativos como La Mística de la Feminidad de Betty Friedan, y El Segundo Sexo, de Simone de Beauvoir, quien denuncia el dominio del sistema patriarcal, de aquí que la idea clave del feminismo fuera luchar contra la subordinación y opresión doméstica de las Mujeres.

Se estima que la 3era ola del feminismo arrancó después de la segunda mitad del siglo XX -años setenta- y abarca a los inicios del XXI. El discurso reza: “Sin derechos sociales para las mujeres no hay derechos humanos ni justicia”. El pensamiento feminista se afianza en el análisis y descripción del patriarcado y de las desigualdades y discriminaciones de sexo-género; se acuñan términos y se describen las injusticias como impuestas por las culturas y no por la naturaleza: Sistema de sexo-género.

En esta fase hay una gran incorporación de las mujeres a la educación secundaria y superior y a oficios, empleos y profesiones, se da el uso masivo de pantalones en las mujeres, aparecen como candidatas elegibles y electoras, influyen y presionan en las instituciones internacionales, nacionales y locales, usan anticonceptivos, controlan su fecundidad, reclaman derechos en el matrimonio y consiguen el divorcio, se extiende la escuela mixta, en algunos países se legaliza el aborto, entre otros tópicos.

Así las cosas, parece que las estrategias para defender los derechos de las mujeres están en pleno proceso de desarrollo. Han resultado exitosas las múltiples movilizaciones para lograr el pleno reconocimiento y validación de los derechos de las mujeres a nivel internacional, lo que significa un irrestricto respeto a los derechos humanos de las mismas, desde la conceptualización de una norma jurídica hasta la praxis absoluta de ella.

Las campañas sobre la No Violencia Contra las Mujeres evidencian que para que las movilizaciones impacten en el rompimiento de las barreras del paradigma tradicional de derechos humanos, es necesario que las violaciones de los derechos de las mujeres se consideren ‘auténticas’ a nivel mundial. Lograr el consenso en torno a los derechos humanos de las mujeres requiere la conjunción de varios elementos: el valor de las mujeres -cuyos derechos han sido violados-, su claridad y pasión en el liderazgo, y la capacidad de movilizar.

Es preciso entender cómo se debe proceder de manera estratégica en esta dinámica en la cual resulta crucial tener una perspectiva de género en los derechos humanos. El concepto y la práctica de la dignificación de la mujer en la sociedad o empoderamiento son la herramienta esencial.

Ahora, en México, estamos viviendo el inicio de la 4ta ola feminista, provocada por el aumento de la comisión de feminicidios en nuestro país y el resto de América Latina. Así, las mujeres estamos exigiendo que nos dejen de matar, estamos luchando y saliendo a las calles a gritar que se acabe la epidemia de feminicidios, que día a día se cometen a manos de hombres violentos sobre las mujeres con las que viven, conviven o de alguna manera son cercanas, y que tratan con esto engrandecer su masculinidad y demostrar la fuerza y el poder sobre las féminas, que poco a poco han ido perdiendo.

Diez feminicidios son cometidos diariamente y eso sin mencionar los intentos de feminicidio que se cometen diariamente en nuestro país. Esta 4ta ola surge de una sociedad violenta cuyas relaciones de género son violentas.

Aun así, se siguen cometiendo arbitrariedades jurisdiccionales en contra de la mujer -por llamarlas de alguna manera- en los juicios de feminicidio o tentativa de feminicidio, de esa manera se vive la 4ta ola feminista.

El pasado fin de semana, fue puesto en libertad para llevar su proceso bajo el esquema de prisión domiciliaria, el presunto autor intelectual del intento de feminicidio cometido en contra de la saxofonista oaxaqueña María Elena Ríos, quien en 2019 fuera sujeta a una agresión con ácido, que la dejó marcada físicamente en el rostro y algunas partes de su cuerpo, después de someterse a varias cirugías y de convalecer por varios meses en un centro hospitalario, ahora, a casi cuatro años de lo ocurrido aún no encuentra paz y tranquilidad, aunque ha tratado de reinsertarse en sus actividades relacionadas con su actividad musical, el pánico de perder la vida sigue ahí.

Elena no fue escuchada, el juzgador de conocimiento no hizo caso a sus peticiones y argumentos del peligro latente que vivirá con su agresor fuera del centro de reclusión. Ella hoy, vive con miedo y pide en las redes sociales: “Si lo liberan y se da a la fuga y me mata #QuemenloTodo”.

¿Acaso las mujeres merecemos llegar a este punto de desesperación de vislumbrar nuestra muerte?

Con estas determinaciones sin razón y con un sesgo machista por parte de algunos juzgadores se sienta un precedente de injusticia y de violencia institucional, el Poder Judicial requiere urgentemente una transformación a favor de los derechos y la seguridad de las mujeres.

El caso de Elena Ríos es un ejemplo claro de impunidad y revictimización.

El hartazgo femenino ante estos hechos, se deja sentir en las calles, en las redes sociales y en los medios de comunicación, el Estado no debe pasar por alto este foco rojo, se debe ocupar en garantizar una vida segura para nosotras las mujeres y para Elena…

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