Alguien como tú
Gladys Pérez Maldonado
Hay violencias que dejan huellas visibles y otras que se ocultan tras las puertas de los hogares, envueltas en el silencio y la indiferencia. Entre estas últimas se encuentra el abuso y maltrato hacia las personas mayores, una realidad que permanece subestimada a pesar de afectar a millones de seres humanos en todo el mundo.
Cada 15 de junio se conmemora el Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez, instaurado por las Naciones Unidas para visibilizar una problemática que no solo constituye una violación a los derechos humanos, sino que pone a prueba la calidad moral de nuestras sociedades.
México envejece aceleradamente. Hoy, cerca de 15 millones de personas tienen 60 años o más. Se trata de una generación que trabajó, educó hijos, contribuyó al desarrollo del país y sostuvo durante décadas a sus familias. Sin embargo, para muchos de ellos la recompensa ha sido la soledad, la dependencia y, en no pocos casos, la violencia.
Datos del Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores señalan que entre el 8.1 y el 18.6 por ciento de las personas mayores han sufrido alguna forma de maltrato, porcentaje que puede alcanzar hasta el 32 por ciento entre quienes presentan dependencia funcional. Las mujeres son quienes enfrentan una condición de mayor vulnerabilidad.
Las cifras, por sí mismas, son preocupantes. Pero resultan todavía más dolorosas cuando se sabe que los agresores suelen encontrarse dentro del círculo más cercano. Hijos, nietos, familiares o cuidadores son responsables de agresiones físicas, psicológicas, económicas y de abandono que rara vez llegan a denunciarse.
La Organización Mundial de la Salud estima que una de cada seis personas mayores en el planeta es víctima de algún tipo de abuso. Y, sin embargo, el problema permanece prácticamente invisible. El miedo, la dependencia económica, la vergüenza o la simple resignación impiden que miles de víctimas levanten la voz.
Pero la violencia hacia las personas mayores no comienza necesariamente con un golpe. Empieza cuando se les ignora, cuando se les considera una carga, cuando sus opiniones son desestimadas y cuando se les margina de la vida familiar y social. El edadismo —esa forma de discriminación basada en la edad— se ha convertido en una expresión silenciosa de violencia normalizada.
Paradójicamente, mientras la esperanza de vida aumenta, pareciera disminuir la capacidad colectiva para reconocer el valor de la experiencia, la sabiduría y la memoria que representan nuestros adultos mayores. En una sociedad obsesionada con la juventud y la productividad, la vejez corre el riesgo de ser vista como un estorbo y no como una etapa natural de la existencia.
Lo verdaderamente alarmante es que México no está preparado para enfrentar el desafío demográfico que se avecina. El envejecimiento de la población exigirá sistemas de salud más robustos, políticas públicas orientadas al cuidado, redes de apoyo y una cultura de respeto que todavía está lejos de consolidarse.
Sin embargo, ninguna estrategia institucional será suficiente si no se recupera el sentido más elemental de humanidad. Una sociedad que abandona a sus mayores es una sociedad que renuncia a su memoria y traiciona sus propios valores.
La forma en que una sociedad trata a sus adultos mayores es una medida inequívoca de su nivel de civilización. Por ello, resulta preocupante que México continúe llegando tarde a un fenómeno que ya está aquí. El envejecimiento poblacional exige políticas públicas más sólidas, servicios especializados, sistemas de cuidados eficaces y mecanismos de protección que garanticen una vida digna.
Pero ninguna ley ni programa gubernamental podrá sustituir aquello que constituye la esencia misma de la convivencia humana: el respeto. La dignidad de las personas no disminuye con los años, ni pierde valor con la jubilación, la enfermedad o la dependencia.
El desafío es enorme y el tiempo apremia. México no puede permitirse seguir ignorando a quienes durante décadas sostuvieron familias, formaron generaciones y contribuyeron al desarrollo del país. Una sociedad que abandona a sus mayores termina por perder el sentido de gratitud y, con ello, una parte esencial de su propia humanidad.
Al fin y al cabo, el trato que hoy demos a nuestros adultos mayores es el espejo del futuro que estamos construyendo para nosotros mismos. Porque, si la fortuna acompaña, todos aspiramos a llegar a viejos. La verdadera pregunta es: ¿en qué clase de sociedad queremos hacerlo?…
