Gladys Pérez Maldonado
Alguien como tú
Cada 4 de junio, el mundo conmemora el Día Internacional de los Niños Víctimas Inocentes de Agresión, una fecha instaurada por la Organización de las Naciones Unidas para reconocer el sufrimiento de millones de niñas y niños afectados por la violencia, los conflictos armados, los abusos y las múltiples formas de agresión que vulneran su dignidad y sus derechos fundamentales. Sin embargo, más que una conmemoración, esta fecha representa una llamada de atención sobre una realidad que sigue siendo tan dolorosa como vigente: la infancia continúa siendo una de las principales víctimas de la violencia en todas sus expresiones.
Cuando se habla de agresión contra la niñez, la imagen que suele venir a la mente es la de menores atrapados en guerras o desplazados por conflictos internacionales. Sin embargo, la violencia contra los niños no es un fenómeno lejano ni exclusivo de regiones en guerra. También se encuentra en los hogares, las escuelas, las calles, las redes sociales y, en muchos casos, en las propias instituciones que deberían protegerlos.
En México, la violencia contra la infancia constituye una crisis silenciosa. Miles de niñas, niños y adolescentes son víctimas cada año de maltrato físico, abuso sexual, explotación laboral, trata de personas, reclutamiento por grupos criminales, abandono y violencia familiar. Muchos de estos casos nunca llegan a las autoridades; otros son denunciados, pero terminan atrapados en sistemas de justicia lentos, insuficientes o incapaces de garantizar una protección efectiva.
Lo más preocupante es que la violencia contra la niñez suele normalizarse. Todavía existen quienes consideran aceptable el castigo físico como método de disciplina o minimizan las consecuencias emocionales de la violencia psicológica. Sin embargo, la evidencia científica ha demostrado de manera contundente que cualquier forma de violencia deja huellas profundas en el desarrollo emocional, cognitivo y social de los menores. Las heridas pueden no ser visibles, pero acompañan a las víctimas durante toda su vida.
La agresión contra los niños no solo les roba la tranquilidad de su presente; también condiciona su futuro. Un menor que crece en un entorno de violencia tiene mayores probabilidades de enfrentar problemas de salud mental, dificultades educativas, exclusión social y ciclos de violencia que pueden reproducirse en la edad adulta. Por ello, proteger a la infancia no es únicamente una obligación moral o jurídica; es también una inversión indispensable para construir sociedades más seguras, justas y pacíficas.
La Convención sobre los Derechos del Niño, ratificada por México hace más de tres décadas, establece con claridad que todo niño tiene derecho a vivir libre de violencia, a recibir protección especial y a desarrollarse en un ambiente que garantice su bienestar integral. No obstante, la distancia entre los compromisos internacionales y la realidad cotidiana sigue siendo considerable. Las leyes existen, pero con frecuencia carecen de recursos, coordinación institucional o voluntad política suficiente para traducirse en resultados concretos.
Particular preocupación merecen los niños y las niñas que enfrentan condiciones de vulnerabilidad múltiple, nos referimos a los menores migrantes, los que viven en pobreza extrema, aquellos con discapacidad, los pertenecientes a comunidades indígenas o quienes han perdido a sus padres a causa de la violencia enfrentan riesgos aún mayores de sufrir agresiones y violaciones a sus derechos. Para ellos, la protección no puede ser uniforme; requiere políticas públicas diferenciadas y una atención integral que considere sus circunstancias específicas.
A ello se suma un fenómeno cada vez más visible, como lo es la violencia digital. Las nuevas tecnologías han abierto espacios de aprendizaje y comunicación, pero también han creado escenarios donde niñas y niños pueden ser víctimas de acoso, explotación sexual, extorsión o manipulación. La protección de la infancia debe extenderse también al entorno digital, donde los riesgos evolucionan con una velocidad que muchas veces supera la capacidad de respuesta de las instituciones.
Conmemorar el Día Internacional de los Niños Víctimas Inocentes de Agresión exige ir más allá de los discursos y las declaraciones simbólicas. Implica reconocer que la protección de la niñez es una responsabilidad compartida entre familias, escuelas, autoridades, medios de comunicación y sociedad en general. Significa escuchar a la infancia, creer en sus testimonios, fortalecer los mecanismos de denuncia y garantizar que ninguna agresión quede impune. Porque cuando un niño o una niña son agredidos, fracasa el Estado en su conjunto…
