Alguien como tú.
Gladys Pérez Maldonado.
Cada 20 de junio, el mundo conmemora el Día Mundial de las Personas Refugiadas. La fecha honra la fortaleza de quienes han tenido que abandonar su país para escapar de la guerra, la persecución, la violencia o las violaciones graves de sus derechos humanos. Pero reducirla a ceremonias, discursos y mensajes de solidaridad sería ignorar la dimensión de una tragedia que sigue creciendo frente a nuestra indiferencia.
Nadie deja voluntariamente su hogar llevando apenas una maleta. Nadie elige abandonar a su familia, perder su patrimonio, cruzar fronteras peligrosas o vivir durante años en un campamento. Convertirse en persona refugiada no es una aventura ni una decisión cómoda es, con frecuencia, la última alternativa para conservar la vida.
Las cifras deberían estremecernos. Al finalizar 2025, alrededor de 117.8 millones de personas permanecían desplazadas forzosamente en el mundo. Entre ellas había 41.6 millones de refugiados y personas necesitadas de protección internacional, además de nueve millones de solicitantes de asilo que seguían esperando una resolución. Aproximadamente 45 millones de las personas desplazadas eran menores de 18 años. (Fuente: Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados)
Detrás de cada número existe una historia interrumpida: niñas que dejaron la escuela, jóvenes que perdieron su futuro, madres que cruzaron fronteras protegiendo a sus hijos y familias que todavía desconocen si algún día podrán regresar. No son estadísticas impersonales; son seres humanos despojados de su cotidianidad y obligados a comenzar de nuevo en sociedades que, demasiadas veces, los reciben con sospecha, discriminación y rechazo.
Resulta alarmante que, mientras aumentan los conflictos y las persecuciones, también se multipliquen los discursos que presentan a las personas refugiadas como amenazas. Se levantan muros, se endurecen las políticas migratorias y se criminaliza a quienes buscan protección. El miedo se utiliza electoralmente, como si cerrar una frontera pudiera borrar las guerras, las dictaduras, el hambre o la violencia que provocan los desplazamientos.
El derecho a solicitar asilo no es una concesión generosa de los gobiernos. Es una obligación derivada del derecho internacional y de la dignidad humana. Ningún Estado debería devolver a una persona al lugar donde su vida, su libertad o su integridad corren peligro. Defender este principio no significa renunciar al control de las fronteras, sino ejercerlo sin abandonar la legalidad, la humanidad y la responsabilidad internacional.
También es necesario reconocer que cerca de tres cuartas partes de las personas refugiadas son acogidas por países en desarrollo. Las naciones con mayores recursos suelen exigir solidaridad mientras restringen sus programas de reasentamiento y trasladan la responsabilidad hacia Estados con menos capacidad económica e institucional. (Naciones Unidas)
La respuesta no puede limitarse a proporcionar alimentos y refugios temporales. Se necesitan procedimientos de asilo accesibles, reunificación familiar, educación para la niñez, atención médica, oportunidades laborales y políticas que favorezcan la integración. Una persona refugiada no debe ser condenada a vivir indefinidamente de la asistencia humanitaria; tiene derecho a reconstruir su autonomía y participar plenamente en la comunidad que la recibe.
México tampoco puede permanecer ajeno a esta realidad. Nuestro país se ha convertido en refugio para miles de personas provenientes de Haití, Venezuela, Honduras, Cuba, Guatemala y otras naciones golpeadas por la violencia y la inestabilidad. Frente a este fenómeno, la respuesta no puede ser la criminalización ni la indiferencia, sino el fortalecimiento de políticas públicas que garanticen protección, integración y respeto a los derechos humanos.
Porque recibir a una persona refugiada no es un acto de generosidad; es una obligación moral y jurídica. Lo contrario significaría renunciar a los principios de humanidad que sustentan el derecho internacional y aceptar que el sufrimiento ajeno puede ser ignorado mientras ocurra lejos de nuestras fronteras.
También es momento de desmontar prejuicios. Las personas refugiadas no son responsables de las crisis que las expulsaron. No son invasores ni enemigos. Son seres humanos que, a pesar de haberlo perdido casi todo, siguen apostando por la esperanza. La historia demuestra que muchas de ellas han contribuido al crecimiento económico, cultural y científico de las naciones que les abrieron las puertas.
El Día Mundial de las Personas Refugiadas debe servir para recordar que ninguna frontera vale más que una vida. La solidaridad no puede quedarse en palabras, debe traducirse en protección, presupuesto, justicia y oportunidades reales, o se protege la dignidad humana o se colabora con su destrucción…
