Por Art1llero
Vivimos en una época en la que un error puede convertirse en una sentencia pública. Las redes sociales se han erigido en un nuevo tribunal: inmediato, emocional e implacable.
Lo ocurrido con el propietario de un restaurante argentino en Veracruz es apenas el ejemplo más reciente.
Después de la derrota de la selección argentina, publicó un comentario desafortunado. Fue un mensaje impulsado por la pasión deportiva, torpe, innecesario y ofensivo para muchos veracruzanos. Se equivocó; él mismo lo reconoció, ofreció una disculpa pública, asumió la responsabilidad de sus palabras y pidió perdón sin rodeos.
Hasta ahí, podríamos hablar de una historia común, alguien comete un error, lo reconoce y trata de repararlo.
Lo verdaderamente preocupante vino después, una cosa es cuestionar una conducta, exigir una disculpa o manifestar desacuerdo; eso forma parte de una sociedad libre, otra muy distinta es convertir un error en combustible para el odio.
En cuestión de horas apareció la multitud digital: insultos, amenazas, campañas para dejar de consumir en su restaurante, descalificaciones personales y una avalancha de comentarios cuyo propósito ya no era corregir una conducta, sino destruir a una persona.
La justicia dio paso al escarnio; la crítica se convirtió en persecución.
Las redes sociales han democratizado la opinión, pero también han democratizado el linchamiento. Hoy cualquiera puede convertirse en juez, fiscal y verdugo desde la comodidad de un teléfono celular.
No se buscan explicaciones, no interesa el contexto; mucho menos el arrepentimiento. Lo único que importa es encontrar al siguiente culpable para alimentar el algoritmo.
Entonces aparece la horda, la sociedad conectada actúa como un enjambre: miles de personas descargando su frustración sobre un solo individuo, convencidas de que la suma de sus agravios constituye una causa justa.
Pero la violencia, incluso cuando nace de una causa aparentemente legítima, sigue siendo violencia.
La violencia digital destruye reputaciones, negocios, familias y la salud emocional de las personas.
Y lo hace con una facilidad alarmante porque detrás de una pantalla desaparecen los límites que normalmente impondría la convivencia cara a cara.
Paradójicamente, vivimos tiempos en los que cuesta movilizar a la sociedad frente a la pobreza, la corrupción, la inseguridad o las desapariciones; pero basta un comentario desafortunado para que miles de personas se organicen con una eficacia sorprendente.
No se trata de justificar una publicación equivocada; se trata de preguntarnos en qué momento dejamos de creer en el arrepentimiento, en el perdón y en la posibilidad de que las personas aprendan de sus errores.
Si cada equivocación merece una muerte civil, tarde o temprano todos terminaremos en el banquillo.
