Por Gigi Rodríguez
Hay algo que siempre me hace pensar cuando llega el 8 de marzo. ¿En qué momento un día que nació de la resistencia, de la inconformidad y de la lucha terminó convertido en una discusión en redes sociales sobre si alguien puede o no decir “feliz día”?
Hoy es el Día Internacional de la Mujer. Y aunque cada año lo vemos mencionado en todas partes, pocas veces nos detenemos realmente a recordar por qué existe esta fecha. No nació para celebrarse con flores ni con mensajes vacíos. Nació porque hubo mujeres que decidieron que ya no estaban dispuestas a aceptar una vida marcada por la explotación y la desigualdad.
A principios del siglo XX, trabajadoras textiles en Nueva York se organizaron para protestar contra jornadas laborales interminables, salarios injustos y condiciones que hoy nos parecerían impensables. Aquellas mujeres exigían algo tan básico como digno: Trabajar sin poner en riesgo su vida y recibir un trato justo. Aquella protesta terminó en tragedia cuando un incendio dentro de la fábrica acabó con la vida de más de un centenar de trabajadoras que quedaron atrapadas en el edificio. Desde entonces, el 8 de marzo se convirtió en un símbolo de memoria y de lucha, un recordatorio de que muchos de los derechos que hoy damos por sentados existen gracias a mujeres que se atrevieron a desafiar al sistema cuando hacerlo podía costarles todo.
Cada vez que pienso en esta fecha también pienso en todas aquellas que un día decidieron cuestionar lo que parecía inamovible. Las que dejaron de aceptar el lugar que la sociedad les había asignado y comenzaron a exigir algo diferente. Gracias a ellas hoy podemos estudiar, trabajar, votar, expresar nuestras opiniones y decidir sobre nuestra propia vida. Ninguno de esos derechos apareció por casualidad. Son el resultado de muchas voces que se negaron a quedarse en silencio.
Y sin embargo, cada año vuelve a surgir la misma discusión: Si se debe o no felicitar a una mujer el 8 de marzo. A mí me parece que a veces olvidamos algo muy simple: No todas las personas se relacionan con esta fecha de la misma manera. Hay mujeres que envían un mensaje de felicitación porque lo hacen desde el cariño, desde el orgullo o desde la admiración que sienten por otras mujeres. Su intención no es minimizar la lucha, sino expresar afecto desde la manera en que entienden el mundo.
Por eso nunca me ha parecido justo reaccionar con enojo ante esos gestos. Muchas veces quienes hoy saben el origen de esta fecha lo aprendieron en algún momento gracias a alguien más, a un libro, a una conversación o a una experiencia personal. El conocimiento casi siempre es un proceso. Y si hoy entendemos mejor el significado del 8 de marzo, tal vez lo más coherente no es responder con superioridad o con reproches, sino aprovechar la oportunidad para compartir información y generar conversación desde la empatía.
También pienso mucho en las mujeres de generaciones anteriores: Abuelas, madres, tías, madrinas. Las que quizá no crecieron escuchando palabras como “sororidad” o “patriarcado”, pero que aun así nos apoyaron, nos cuidaron y celebraron nuestros logros con el lenguaje que conocían. Las que mandan esas imágenes de flores o mensajes brillosos por WhatsApp porque quieren recordarnos que están orgullosas de nosotras. Su forma de expresarlo puede parecer simple, pero está llena de afecto. Y ese afecto también merece ser reconocido.
Quien nunca ha estado en una marcha del 8 de marzo suele imaginar solo enojo o confrontación. Pero cuando estás ahí dentro la experiencia es mucho más compleja. Ves grupos de amigas caminando juntas, madres que llevan a sus hijas pequeñas, mujeres sosteniendo fotografías de quienes ya no están. Lees carteles que cuentan historias difíciles de olvidar y escuchas consignas que poco a poco se transforman en un coro inmenso que recorre las calles.
Hay momentos de rabia, sí, pero también hay abrazos entre desconocidas, miradas de comprensión y una sensación de fuerza colectiva que es difícil de describir. Es como si durante unas horas miles de mujeres compartieran un mismo latido.
Y al mismo tiempo hay algo profundamente nostálgico en esa experiencia. Estar rodeada de tantas mujeres, de tantas historias de abuso, de tantas voces que gritan lo mismo provoca una mezcla muy particular de emociones. Por un lado sientes la fuerza de saber que no estás sola, que hay miles caminando a tu lado. Pero también aparece una tristeza inevitable, porque entiendes que si todas estamos ahí es porque la violencia contra nosotras sigue siendo una realidad demasiado frecuente. Cada cartel, cada consigna y cada lágrima representan historias que pudieron haber sido las tuyas, las de tu amiga, las de tu hermana o las de tu madre.
Por eso las marchas no nacen del odio. Nacen del cansancio. Del cansancio de escuchar las mismas historias repetirse, de vivir con miedo, de saber que muchas mujeres no regresaron a casa. Cuando alguien pregunta por qué siguen existiendo estas manifestaciones, la respuesta está en la realidad misma. Las cifras están ahí, las historias también.
Y cuando otra mujer decide contar lo que vivió, algo dentro de muchas de nosotras se activa casi de manera automática: La necesidad de creerle. Porque conocemos el contexto, porque sabemos que no es fácil hablar, porque demasiadas veces el silencio ha sido impuesto por el miedo o por la culpa. Las experiencias pueden haber ocurrido hace años o haber sucedido hace apenas unos días; algunas fueron denunciadas y otras no. Pero la empatía nace de reconocer que esas historias no son aisladas.
Curiosamente, cuando se habla de feminismo quienes más se incomodan suelen ser ciertos hombres que interpretan la igualdad como una amenaza. Sin embargo, cuando un hombre realmente comprende de qué trata esta lucha, la reacción suele ser distinta. El feminismo no pretende desplazar a nadie ni crear jerarquías nuevas; lo que busca es algo mucho más básico: Que las mujeres tengan las mismas oportunidades, la misma seguridad y el mismo respeto.
El año pasado viví un momento que siempre recuerdo cuando pienso en esta fecha. Mi esposo Juan me acompañó hasta el punto donde comenzaba la marcha. No caminó conmigo, pero se aseguró de que todo estuviera bien antes de irse. Me dejó agua, algunas pastillas por si me sentía mal, una gorra y protector solar, y me dijo que regresaría a buscarme cuando terminara el recorrido. Puede parecer un gesto pequeño, pero para mí representó algo muy claro: Su manera de apoyar lo que para mí era importante. A veces el apoyo no siempre se expresa con discursos o consignas; a veces se manifiesta en esos actos cotidianos de cuidado y respeto.
Hay una idea que siempre vuelve a mi mente cuando pienso en temas de injusticia: Mantenerse neutral frente al abuso rara vez es una posición verdaderamente neutral. Cuando alguien sufre violencia o discriminación, el silencio muchas veces termina favoreciendo al que tiene el poder.
También he visto comentarios que dicen que algunas mujeres deberían abstenerse de hablar del 8 de marzo si en algún momento han tenido conflictos con otras mujeres. Pero la marcha no existe para demostrar quién es moralmente perfecta. Existe para exigir derechos y para visibilizar una problemática que afecta a millones. No se trata de competir por aprobación ni de construir una imagen impecable. Se trata de recordar algo fundamental: La vida de las mujeres importa.
Porque al final todo se resume en eso. Queremos vivir. Queremos caminar por la calle sin miedo, regresar a casa seguras, construir proyectos de vida sin que la violencia o la discriminación marquen nuestros caminos.
Este año no estaré presente físicamente en la marcha. Pero eso no significa que esté lejos de la causa. Mi pensamiento y mi corazón estarán ahí, junto a todas las mujeres que seguirán levantando la voz. Porque esta lucha no ocurre únicamente un día al año ni se limita a recorrer una avenida durante algunas horas. Está presente cada vez que alguien decide cuestionar una injusticia, cada vez que una mujer encuentra el valor para contar su historia y cada vez que otra decide escucharla sin juzgarla.
Por eso hoy no voy a desear un “feliz día”. Prefiero desear algo mucho más profundo. Deseo que cada mujer pueda vivir en un mundo donde el respeto sea lo normal, donde salir de casa no implique miedo y donde los sueños no tengan que adaptarse a los límites que otros intentan imponer. Deseo vidas llenas de oportunidades, de relaciones sanas, de aprendizaje, de libertad y de amor propio. En pocas palabras, deseo vida.
