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Política de principios

La buena fe

Juan José Rodríguez Prats

Para Agustín Caso, con mi solidaridad al hombre íntegro.

Sólo por los bellos sentimientos se llega a la fortuna.       

Baudelaire

Lo primero que un ser humano requiere para ganarse la confianza de su prójimo es la buena fe, la clara voluntad de hacer lo correcto, la intención de cumplir con deberes. Y eso es, a su vez, lo primero que el prójimo debe percibir en quien le solicita su apoyo para emprender una tarea colectiva. Todo lo demás viene por añadidura.

Desde los primeros legisladores, el concepto se incorporó a los ordenamientos jurídicos: la buena fe se presume. Cuando se juzga, ya sean asuntos penales, civiles o mercantiles, primero se averiguan las intenciones que motivaron a los involucrados en los actos jurídicos.

Todo esto viene al caso para analizar a las dos aspirantes al cargo más importante de nuestro sistema político. ¿Están actuando de buena fe? Hace seis años, el pueblo de México creyó en un político de buena fe. Paradójicamente, la mayoría de quienes lo habíamos tratado a lo largo de su trayectoria advertimos el engaño. No nos hicieron caso. Unos manipulados, algunos convencidos, otros cerrando la mente ante hechos evidentes dándole prioridad a sus intereses personales y no al principio del bien común.

El jurista español Juan Alberto Belloch acuñó en pocas palabras un principio esencial: “Sólo lo ético es práctico”. Esto es, sólo cuando se actúa de buena fe, se obtienen buenos resultados.

¿Actúa de buena fe Claudia Sheinbaum? ¿Actúa de buena fe Xóchitl Gálvez? ¿A cuál de las dos le encargaría usted el cuidado de su familia?

Los debates son veleidosos y los estamos confundiendo con pleitos callejeros. En el pasado proceso argentino se concluyó que el ganador había sido Sergio Massa. Sin embargo, el triunfador en las elecciones fue Javier Milei. A los ciudadanos, éste último les pareció más confiable, más auténtico.

A mi juicio, lo mismo está sucediendo en México. Cada vez aflora más que Sheinbaum no actúa de buena fe. Su esfuerzo casi sobrehumano para que su jefe no ponga en duda su obediencia la está arrinconando irremediablemente a una posición indefendible.

Me parece que Gálvez ya convenció al elector de sus buenos propósitos, pero debe esmerarse en demostrar que tiene la capacidad para concretarlos. Fue excelente su desempeño en la convención bancaria.

Gane quien gane, México despertará el 3 de junio en la zozobra y el desasosiego. Lo que habíamos avanzado en procesos electorales equitativos e indubitables en sus veredictos está hecho añicos. El conflicto postelectoral es predecible, si es que llegamos a que las elecciones se efectúen. Los tiempos actuales son repelentes a los pronósticos.

Algo habrá que atribuirle a López Obrador: estamos desnudos y a la intemperie. Nunca como ahora se necesita una clase política responsable, respetuosa y con grandeza de miras. En pocas palabras, de buena fe. No ha sido así. Nuestros profesionales en el manejo de la cosa pública han sido mediocres y mezquinos. Parafraseando a Daniel Cosío Villegas, diríamos que no hemos estado a la altura de la transición democrática que con tanta enjundia iniciamos y a la que trágicamente no arribamos.

Habrá que pensar en una forma distinta de hacer política, comenzando por la necesidad de entendernos unos a otros. Parlamos mucho, pero no parlamentamos con seriedad, asumiendo compromisos.

La política es pedagogía, que en la actual contienda brilla por su ausencia. En alguna parte leí una expresión que me cautivó: “La vivacidad del espíritu es el liderazgo”. ¿Será mucho pedir que se cumpla con la añeja utopía de “que nunca falten motivos espirituales en nuestra lucha política”?

Confieso que he extrañado referencias históricas en la cascada de ideas que se nos ha venido encima. Tal parece que todo lo acontecido es desechable. Grave error. Ya quisiéramos algunas luces de nuestros preclaros personajes del pasado.

En fin, amable lector, el tema da para mucho. Como dice el proverbio chino, pobres de los pueblos a los que les ha tocado vivir tiempos interesantes. Aquí nadie se va a aburrir.

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