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Política de principios

La tibieza panista

Juan José Rodríguez Prats

Los lugares más oscuros del infierno están reservados para aquellos que mantienen su neutralidad en tiempos de crisis moral.

Dante Alighieri

Ésta es una historia triste que anhelo fervientemente tenga un final feliz. El PAN fue un proyecto concebido por un largo periodo de gestación que se concretó en 1939. Hay muchos antecedentes. El más relevante fue el intercambio de ideas entre José Vasconcelos y Manuel Gómez Morin en 1928, que consta en la correspondencia sostenida entre ambos. El primero afirmaba que México debía ser cambiado con un movimiento radical que resquebrajara a todo el sistema, en tanto que el fundador del PAN proponía la creación de una organización política con doctrina que preparara a la ciudadanía para la democracia, que paulatinamente se fuera avanzando respetando las leyes y las instituciones y cuidando siempre la preeminencia del interés nacional. Vasconcelos defendía empecinado una mudanza súbita, pues de otra manera se le hacía el juego a un Estado pervertido, lo que le permitía prolongar su existencia. Don Manuel hablaba del cambio gradual. Como “mejorismo” lo calificaron algunos. Un lema se acuñó al paso de los años: “No es lucha de un día, es brega de eternidad”.

Congruente con sus tesis, fundó, después de su honroso desempeño como rector de la UNAM en que defendió dignamente su autonomía, el partido que ha funcionado en 80 años de existencia, impulsó la transición de un sistema autoritario a una democracia, que, desafortunadamente tiene síntomas graves de decadencia. Haber fundado una institución de auténtica participación ciudadana fue toda una hazaña de civilidad. El Estado nacionalista y revolucionario estaba en su mayor apogeo. En algún texto leí que cuando le planteó a su madre su idea de crear un partido, ella le contestó: “Caray, Manuel, pensé que en México ya no había hombres”.

La marcha fue larga. Mexicanos creyentes en principios y valores fundamentales se involucraron en una lucha que ni remotamente se veía fácil ni desprovista de peligros de toda índole. Nadie preguntaba si había posibilidades de triunfo electoral. Lo importante era abrirles brecha a las generaciones futuras. Fueron décadas de abnegación y apostolado antes de arribar al poder. Desde luego, eso significó una gran sacudida cultural. El saldo, con todo y sus críticas, parece que es favorable.

Aquí viene la parte triste de esta historia. Cómo sus militantes no han sido, en sentido estricto, profesionales de la política y, teniendo otras formas de vida, asumieron su participación como eventual y perentoria. Al percibir prácticas que siempre se habían condenado, en lugar de enfrentarlas, optaron por retirarse.

Los vacíos no existen en política. Personas sin escrúpulos y sin asimilar los ideales panistas se fueron adueñando, tanto a nivel nacional como local, del partido. Surgió lo que en el argot panista se conoce como la “onda grupera” o los “padroneros”, especialistas en prácticas clientelares formando una inmensa red de complicidades y dirigiendo un partido con una actitud excluyente y mezquina. Sucedió lo que hace más de un siglo Robert Michels denominó “ley de hierro de la oligarquía”.

Lo dramático fue que habiendo tantos beneficiados que escalaron posiciones encumbradas no asumieran la defensa de tan noble institución. En contraste con la integridad demostrada en toda su trayectoria por quienes simplemente cumplieron deberes, hoy se marginan y se resignan a lo que perciben que ya no tiene remedio. Afortunadamente, ha surgido una luz en el camino.

Adriana Dávila viene recorriendo el país sembrando una esperanza. Enfrentándose al cacicazgo, convenciendo. Y ha habido respuesta. La conciencia panista sale de su letargo. Se enfrenta a la disciplina de la nómina, a la consigna del superior, a la mal entendida lealtad de los favorecidos por decisiones cupulares.

Lo hemos dicho. Es mucho lo que hoy está en juego. Como decían los griegos, la ocasión es fugaz, no la dejemos pasar.

          

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