Por Art1llero
La política mexicana padece una preocupante falta de memoria, pero quizás su problema más grave sea la incapacidad de ciertos actores para construir una alternativa propia. Frente a un régimen que ha demostrado una notable habilidad para imponer narrativas, marcar tiempos y dominar la conversación pública, el Partido Acción Nacional parece condenado a repetir el mismo error, una y otra vez, mordiendo anzuelos ajenos mientras cree estar construyendo una estrategia propia.
El guion no es nuevo, antes de la pasada elección presidencial, una coyuntura específica colocó a Xóchitl Gálvez en el centro de la conversación nacional; la oposición interpretó aquel momento como una oportunidad histórica y reaccionó con entusiasmo. En cuestión de semanas, la narrativa política giró alrededor de una figura convertida en símbolo de resistencia, autenticidad y confrontación frente al poder.
Sin embargo, detrás de aquella construcción predominó la lógica del marketing sobre la de la política. Más que la consolidación de un liderazgo respaldado por una visión de país, lo que apareció fue una operación acelerada de posicionamiento. Se construyó una marca antes que un proyecto, una candidatura antes que una propuesta de Estado. El resultado de esa apuesta es conocido.
Hoy, aunque en circunstancias distintas, la lógica parece repetirse. La controversia en torno a la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, y los señalamientos relacionados con la participación de agentes de la CIA en operativos de seguridad, han colocado nuevamente al PAN en el centro de una disputa política definida por otros.
En lugar de aprovechar el momento para abrir una discusión de fondo sobre seguridad, soberanía, federalismo o fortalecimiento institucional, la dirigencia panista ha optado por concentrar buena parte de su energía en la defensa de una figura política específica.
La discusión deja de girar alrededor de ideas y vuelve a concentrarse en personas.
Es ahí donde aparece la trampa; cuando una fuerza política permite que su agenda dependa de las coyunturas que le impone su adversario, deja de actuar y comienza a reaccionar, deja de conducir y empieza a seguir.
Una oposición seria no puede aspirar a convertirse en alternativa de gobierno mediante campañas permanentes de posicionamiento personal. Necesita ideas, visión de largo plazo y capacidad para construir una narrativa propia. Necesita convencer antes que promocionar.
El problema del PAN no es Maru Campos, tampoco lo fue Xóchitl Gálvez, el problema es la persistencia de una cultura política que sigue creyendo que una figura puede sustituir a un proyecto, que una campaña puede reemplazar a una propuesta y que el impacto mediático puede llenar el vacío de una visión de país.
Mientras esa lógica prevalezca, el partido seguirá atrapado en el mismo ciclo. Cambiarán los nombres, cambiarán las coyunturas y cambiarán los protagonistas, lo que no cambiará será el resultado.
