Por Art1llero
La reciente visita de Isabel Díaz Ayuso a México y su reivindicación de la figura de Hernán Cortés ha vuelto a agitar las aguas de nuestra memoria histórica.
En México, el nombre de Cortés no es solo un dato en los libros de texto; es una herida abierta, un símbolo de orgullo para unos y de agravio para otros. Sin embargo, a más de cinco siglos de distancia, cabe preguntarnos: ¿Es posible observar a Cortés fuera de la dicotomía de héroe o villano?
Como bien decía el maestro Ortega y Gasset, “yo soy yo y mi circunstancia”. Para entender a Cortés, hay que despojarlo del bronce y del lodo, y devolverlo a su tiempo, el de un hombre renacentista, audaz y ambicioso, que operó en un escenario de una gran complejidad política.
Cortés no conquistó un imperio solo con quinientos hombres y un puñado de caballos. Su verdadera arma no fue la pólvora, sino la política. Supo leer las fracturas del México prehispánico, comprendiendo que el Imperio Azteca no era una unidad monolítica, sino una hegemonía sostenida por el tributo y el miedo.
La alianza con los tlaxcaltecas y otros pueblos subyugados fue el motor real de la caída de Tenochtitlan. Aquí reside la primera gran contradicción que nos cuesta aceptar, la Conquista fue, en gran medida, una rebelión de indígenas contra indígenas, orquestada por un visionario extranjero que supo aprovechar la coyuntura.
En el centro de esta odisea aparece Malintzin, la Malinche. Lejos de la narrativa simplista de la “traidora”, ella representa el puente biológico y cultural. Su relación con Cortés es el rasgo más revelador de la personalidad del conquistador; no fue solo una alianza de alcoba, sino una simbiosis intelectual y estratégica. Juntos dieron paso al primer eslabón del mestizaje, esa fusión que hoy nos define.
Es innegable que la caída de un imperio conlleva atrocidades. La violencia, el saqueo y la imposición fueron realidades brutales del proceso. Negar la sombra de Cortés es negar el dolor de los vencidos. Pero, por otro lado, atribuirle únicamente el papel de verdugo es ignorar al artífice de una nueva nación.
México es, por definición, el resultado de ese choque violento y creativo. No somos españoles, pero tampoco somos indígenas puros. Somos esa “raza cósmica”de la que hablaba Vasconcelos; somos los hijos de la contradicción que Octavio Paz intentó descifrar en El laberinto de la soledad.
El trauma que aún arrastramos –ese “grillete” mental que nos hace sentir conquistados quinientos años después– es quizá el mayor obstáculo para nuestra madurez como sociedad.
Rendirle culto ciego a Cortés es un anacronismo; condenarlo al fuego eterno es un ejercicio de victimismo que no construye futuro. El desafío actual no es decidir si fue un héroe o un criminal, sino aceptarlo como el catalizador de nuestra existencia.
El legado de Cortés no es la derrota de un pueblo, sino el nacimiento de uno nuevo, el nuestro.
Escribir y hablar hoy sobre Cortés no es avivar el odio, sino invitar a la reflexión. Es momento de soltar los complejos y mirar al espejo de la historia con la frente en alto, reconociendo que en nuestras venas corre la sangre de los vencedores y de los vencidos, fundidas en una identidad única que ya no necesita pedir perdón por existir ni avergonzarse de su origen.
