Alguien como tú
Gladys Pérez Maldonado
La infancia mexicana ya no transcurre únicamente en patios, escuelas o calles; hoy también se construye —y se expone— en el ecosistema digital. Plataformas como TikTok, Instagram y YouTube se han convertido en espacios cotidianos de socialización, entretenimiento e incluso identidad para millones de niñas, niños y adolescentes. Pero mientras el mundo adulto celebra la conectividad, la pregunta incómoda persiste: ¿estamos protegiendo realmente a la infancia o la estamos dejando a la intemperie digital?
El problema no es la tecnología en sí, sino la ausencia de límites claros, regulación efectiva y acompañamiento adulto. En México, el acceso a internet ocurre cada vez a edades más tempranas, muchas veces sin supervisión ni alfabetización digital. La niñez no solo consume contenido, además, lo produce. Baila, opina, se exhibe, compite por atención. Y en esa lógica, el algoritmo premia la exposición constante, la viralidad y, en ocasiones, la sexualización temprana o la sobreexposición de la vida privada.
No se trata de moralismo, sino de riesgos concretos. El ciberacoso, el grooming, la explotación digital y la huella permanente de lo que se publica son amenazas reales. Un error infantil, una broma fuera de lugar o una imagen íntima pueden convertirse en material perpetuo en internet, con consecuencias emocionales y sociales de largo plazo. La infancia, por definición, debería ser un espacio para equivocarse sin condena pública. Las redes, en cambio, castigan con memoria infinita.
A ello se suma una nueva forma de explotación silenciosa: la monetización de la vida infantil. Padres, madres o tutores que convierten a sus hijos en creadores de contenido, sin regulación clara sobre derechos laborales, privacidad o ganancias. Niñas y niños que trabajan frente a una cámara sin que necesariamente exista un marco legal que los proteja. La línea entre juego y trabajo se desdibuja peligrosamente.
El Estado mexicano llega tarde,como en muchos otros temas de infancia. Aunque existen marcos como la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, su aplicación en el entorno digital es limitada y, en muchos casos, simbólica. Las plataformas, por su parte, operan bajo lógicas globales donde la protección infantil suele subordinarse al engagement.
Pero tampoco podemos trasladar toda la responsabilidad al Estado o a las empresas tecnológicas. Hay una corresponsabilidad social ineludible. Las familias necesitan herramientas, no culpas. La alfabetización digital debe ser política pública, pero también práctica cotidiana, enseñar a las niñas y niños a reconocer riesgos, a poner límites, a entender que su valor no depende de “likes”.
El desafío es complejo, no se trata de prohibir, sino de equilibrar. Las redes también pueden ser espacios de aprendizaje, expresión y comunidad. Pero para que eso ocurra, la infancia necesita algo que hoy escasea, esto es, una red de protección real en el mundo digital.
Porque crecer frente a una pantalla no debería significar crecer sin resguardo. Hoy, más que nunca, la infancia mexicana está conectada… pero profundamente desprotegida.
La infancia no puede seguir siendo el experimento social de la era digital ni el combustible de economías basadas en la atención. Si el Estado no regula, las plataformas no se autorregulan y los adultos no asumen su responsabilidad, lo que estamos normalizando no es la modernidad, sino la desprotección, no es suficiente que se celebren convenios con los provedores digitales de regulación de contenido violento para evitar que un determinado grupo de atención vulnerable, en el caso concreto las mujeres y las niñas sean vulneradas, esto va más allá, cada niña y niño mexicano expuesto sin límites en redes sociales es una falla colectiva. Y un país que no protege a su infancia —ni en la calle ni en la pantalla— está, en realidad, renunciando a su propio futuro…
