Por Art1llero
El operativo en Tapalpa que culminó con el abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, es mucho más que un golpe táctico contra una organización criminal; es el acta de defunción de una estrategia de Estado.
Durante el sexenio de López Obrador, la estrategia de seguridad se sintetizó en una frase que marcó época: “abrazos, no balazos”; el enfoque privilegió la atención a las causas sociales de la violencia y evitó la confrontación directa como eje central de la política pública. Sus resultados dividieron al país entre quienes vieron contención y quienes percibieron permisividad.
El gobierno de Claudia Sheinbaum ha decidido trazar una línea distinta. Con el liderazgo operativo de Omar García Harfuch, el Estado asumió el costo de una acción frontal contra el máximo referente de uno de los cárteles más poderosos del continente. El mensaje es claro: cuando la inteligencia lo permite y la amenaza lo exige, el Estado ejercerá la fuerza.
No se trata de celebrar la violencia ni de romantizar la confrontación. El saldo humano, incluidas las bajas de fuerzas federales, recuerda que cada decisión en materia de seguridad tiene consecuencias irreversibles; pero también confirma algo esencial, un Estado que renuncia al uso legítimo de la fuerza renuncia, en los hechos, a su autoridad.
México no ha resuelto su problema de violencia en un solo operativo, sin embargo, el 22 de febrero marca un punto de inflexión político; la estrategia ha cambiado.
El “abrazos, no balazos” pertenece al pasado. La historia juzgará si lo que nace en su lugar logra devolver estabilidad y paz duradera al país.
