En 2026, el internet decidió volver a 2016.
Filtros saturados, selfies con el perrito de Snapchat, iPhones 5 levantados como símbolos de estatus, fundas de Stitch para iPad y bálsamos EOS perfectamente alineados para la foto. La narrativa es seductora: éramos felices y no lo sabíamos.
Pero hay una verdad incómoda que este trend no quiere mirar de frente: La nostalgia también es un privilegio.
Para muchos —me incluyo— 2016 no vive en una galería. No porque no hubiera vida, sino porque no teníamos un buen teléfono que pudiera registrarla. Había celulares, sí, pero cámaras borrosas, poca espacio de memoria y cero datos. Documentar la cotidianidad era un lujo silencioso.
Mientras algunos capturaban cada instante, otros observábamos cómo subían sus fotos, deseando tener algo —lo que fuera— para compartir también. No era falta de ganas, era falta de acceso. Así se vivió 2016 para muchos: Desde la pantalla ajena, desde el feed de otros, desde la comparación constante.
Por eso, para mí, 2016 suena antes de verse.
Fue “Closer” de The Chainsmokers feat. Halsey repitiéndose en MTV hasta volverse parte del aire. Fue “1989” de Taylor Swift consolidándose como el álbum pop definitivo y, al mismo tiempo, el inicio de una cacería pública.
Porque 2016 también fue el año en que Taylor Swift fue atacada sistemáticamente. Convertida en villana cultural, cuestionada por escribir sobre su vida, ridiculizada por existir en un espacio que incomodaba. Decir que escuchabas a Taylor ese año no era inocente: Era exponerte al juicio, a la burla, a la superioridad moral disfrazada de gusto musical.
Y ahí estaba yo, adolescente, defendiéndola. No desde el glamour, sino desde comentarios, discusiones y silencios incómodos. Ser swiftie en 2016 era ir contra la corriente, era sostener que una mujer podía contar su historia sin merecer el linchamiento público. Aunque muchos no lo entendieran así, también era una forma de resistencia.
Ese mismo año, Halsey con “Badlands” me enseñó que estaba bien ser diferente, intensa, incómoda. Que la rabia también podía ser lenguaje. Badlands no solo se escuchó: Se habitó. Ahí empecé a encontrar mi propia voz.
Fue Selena Gomez con “Hands to Myself” y “Same Old Love”, mientras el internet convertía su cuerpo, su salud y su silencio en espectáculo. Fue Justin Bieber pidiendo perdón en “Sorry”, y el mundo decidiendo si eso bastaba. Fue Hailey Baldwin entrando a la narrativa como villana automática, mucho antes de que supiéramos cuestionar cómo el machismo reparte culpas.
También fue Ariana Grande con “Into You” y “Dangerous Woman”, enseñándonos que el deseo podía ser elección. Bebe Rexha y Martin Garrix con “In the Name of Love”, y Dua Lipa con “Be the One”, prometiendo un futuro pop que todavía parecía lejano.
Pero mientras todo eso pasaba, yo miraba.
Miraba a otros subir fotos nítidas.
Miraba recuerdos bien encuadrados que no eran míos.
Miraba cómo el pasado se archivaba sin mí.
No hubo selfies bien iluminadas.
No hubo stories guardadas.
No hubo estética.
Solo una adolescente fangirl, conectada cuando se podía, defendiendo artistas como si fueran amigas, encontrando refugio en canciones descargadas y letras aprendidas de memoria.
Hoy, el trend insiste en que 2016 fue un lugar feliz al que todos podemos volver. Pero esa idea solo funciona si tuviste cómo probar que estuviste ahí. Para muchos, el pasado no está en una galería, sino en una emoción que no se pudo subir, ni editar, ni guardar en la nube.
Porque aprendimos muy pronto que la memoria solo parece válida cuando es visible. Que si no hay foto, no pasó. Y sin embargo, pasó. Pasó en canciones escuchadas en repetición, en letras defendidas con uñas y argumentos, en identidades que se formaron sin likes ni testigos. Pasó en amar artistas cuando era incómodo hacerlo, en sostener gustos que otros ridiculizaban, en crecer sin estética pero con intensidad.
Tal vez por eso este regreso a 2016 incomoda. Porque romantiza un pasado que muchos sí vivimos, pero desde la orilla. Porque convierte la nostalgia en un objeto de consumo y deja fuera a quienes no tuvimos cómo documentarnos. Porque vuelve a recordarnos que el algoritmo siempre ha tenido favoritos.
Pero mi memoria no necesita validación digital. Vive en playlists, en coros que todavía sé de memoria, en la certeza de que haber sentido —aunque no haya quedado registro— también cuenta como historia.
