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México ante la tormenta: unidad o mezquindad

Por: Art1llero

El mundo está cambiando a una velocidad vertiginosa. Procesos que parecían inamovibles se han trastocado en cuestión de meses. La Casa Blanca, otrora líder de la globalización, se alinea con Rusia en detrimento de Europa. Estados Unidos, el campeón del libre comercio, regresa al proteccionismo con una agresividad que amenaza la estabilidad de sus propios socios. Y en el centro de este vendaval geopolítico, México enfrenta un dilema: entender la transformación global y adaptarse, o perderse en luchas internas que no conducen a nada.

La oposición tiene pleno derecho a cuestionar al gobierno, a señalar errores y a plantear alternativas. Ese es el papel de toda fuerza crítica en una democracia. Pero cuando las circunstancias imponen la necesidad de un mínimo de unidad frente a la adversidad externa, convertir la desgracia en una herramienta de desgaste político es más que un error: es una irresponsabilidad.

La imposición de aranceles por parte de Donald Trump no es una acción aislada ni una respuesta específica a un problema interno de México. Es parte de un movimiento más amplio de repliegue económico y comercial, donde el déficit comercial es visto por la Casa Blanca como un agravio y las tarifas como un instrumento de presión. Lo demuestra el hecho de que Canadá, que ni es epicentro del tráfico de drogas ni origen de grandes flujos migratorios, también ha sido objeto de medidas similares. La narrativa de que los aranceles son consecuencia del narcotráfico en México es una falacia conveniente para quienes buscan debilitar al gobierno, pero no se sostiene en los hechos.

Es cierto que el país enfrenta graves problemas de seguridad. La violencia ligada al crimen organizado no es nueva ni exclusiva de esta administración, sino un legado que se arrastra desde hace décadas, con gobiernos de todos los signos políticos. Pero atribuir las decisiones proteccionistas de Trump a la crisis de inseguridad en México es una simplificación que no resiste el menor análisis.

Ante esto, el desafío del gobierno mexicano es doble: mitigar los efectos inmediatos de la agresión comercial y replantear su estrategia de desarrollo a largo plazo en un mundo que ya no opera bajo las mismas reglas. El modelo de integración económica irrestricta, que funcionó durante 40 años, se está desmoronando. Enfrentar esta nueva realidad no es una cuestión ideológica, sino de supervivencia.

Pero si la administración tiene la responsabilidad de responder con seriedad y visión a esta crisis, la oposición y los medios de comunicación también deben asumir la suya. Sostener el disenso sin comprometer las causas comunes es parte fundamental de un debate democrático sano. Lo que no es válido es celebrar las malas noticias porque pueden perjudicar políticamente al adversario. La mezquindad de querer convertir la crisis en un arma electoral es una postura que no solo divide, sino que perjudica a millones de mexicanos cuyo futuro depende de cómo se maneje esta coyuntura.

Lo mismo ocurre con la discusión sobre el acto masivo en el Zócalo. Podemos debatir su pertinencia, su utilidad política o incluso su impacto en la percepción pública, pero fingir que es la estrategia del gobierno ante Trump es desviar el foco de lo verdaderamente importante. La respuesta real se da en la diplomacia, en las negociaciones, en los acuerdos y en la manera en que el país redefine su posición en la economía global.

Los medios de comunicación tienen un papel clave en esta coyuntura. Su misión es propiciar una opinión pública informada, capaz de comprender la complejidad de la situación y de exigir soluciones reales. No pueden limitarse a trincheras ideológicas ni a lecturas simplistas que solo alimentan la polarización. México enfrenta un cambio de paradigmas que exige altura de miras, no debates maniqueos ni intentos de capitalizar políticamente cada problema.

La presidenta Sheinbaum, los empresarios y los gobernadores de oposición parecen entender, al menos en términos generales, la necesidad de cerrar filas en lo fundamental. Pero en medio de este esfuerzo, persisten voces que parecen no comprender el momento histórico que vivimos.

No es momento de festejar la tormenta para cobrar facturas políticas. No es momento de dividir más de lo que ya estamos divididos. Porque cuando el barco se hunde, los reclamos por el exceso de bamboleo se vuelven irrelevantes. O peor aún: ridículos.

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