Alguien como tú.
Gladys Pérez Maldonado.
Cada 10 de octubre, el mundo conmemora el Día Mundial de la Salud Mental. Es una fecha que debería sacudir conciencias, cuestionar políticas públicas y obligar a los gobiernos a reconocer una realidad incómoda: millones de personas enfrentan sufrimiento emocional, depresión, ansiedad y otros padecimientos mentales, mientras los sistemas de salud continúan siendo insuficientes para atenderlas.
En 2026, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Federación Mundial para la Salud Mental promueven el lema Escuchemos a las personas con experiencia vivida: voces reales, cambio real. Una convocatoria que plantea algo fundamental: quienes han experimentado problemas de salud mental no deben ser únicamente pacientes o estadísticas, sino protagonistas en la construcción de políticas públicas, programas de prevención y servicios de atención.
El mensaje es contundente, no basta con hablar de salud mental; debemos escuchar a quienes padecen sus consecuencias y reconocer su dignidad, autonomía y derecho a participar en las decisiones que afectan sus vidas.
La magnitud del problema exige respuestas inmediatas. De acuerdo con la OMS, más de mil millones de personas viven con alguna condición de salud mental en el mundo, principalmente relacionada con ansiedad y depresión. Detrás de esa cifra existen historias de sufrimiento, discriminación, soledad y, frecuentemente, obstáculos para recibir atención profesional.
En México, la situación también resulta preocupante. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), mediante el Módulo de Bienestar Autorreportado 2025, reveló que el 22.5% de la población adulta presentó indicios de ansiedad y el 12.6% indicios de depresión. Entre las mujeres, los porcentajes alcanzaron 26.7% y 16%, respectivamente. Estos indicadores no equivalen a diagnósticos clínicos, pero reflejan una problemática que no puede ignorarse.
Resulta particularmente alarmante la situación de niñas, niños y adolescentes. Vivimos en una sociedad que exige resultados académicos, popularidad digital y éxito inmediato, pero dedica insuficiente atención a la estabilidad emocional. El acoso escolar, la violencia familiar, la exposición permanente a redes sociales, el aislamiento y la incertidumbre sobre el futuro pueden deteriorar su bienestar psicológico.
Cuando un joven manifiesta cambios extremos de conducta, aislamiento, desesperanza o comportamientos violentos, frecuentemente las señales se minimizan hasta que sobreviene una tragedia. Entonces surgen las preguntas que debieron formularse antes, ¿quién lo escuchó?, ¿quién detectó su sufrimiento?, ¿dónde estaban los mecanismos de prevención?.
Sin embargo, sería irresponsable asociar automáticamente los trastornos mentales con conductas delictivas, como ocurrió con los gemelos Carlos y David que recientemente privaron de la vida a la subdirectora de la Secundaria General Número 13, en Torreón, Coahuila.
La violencia tiene múltiples causas y padecer una condición de salud mental no convierte a nadie en una amenaza. Precisamente por ello, combatir los prejuicios debe constituir una prioridad.
Desde la perspectiva de los derechos humanos, el acceso a servicios de salud mental constituye una obligación del Estado, no una concesión asistencial. El artículo 4.º de la Constitución mexicana reconoce el derecho a la protección de la salud, mientras que la Ley General de Salud establece disposiciones específicas sobre salud mental y atención de las adicciones.
Pero el reconocimiento jurídico pierde eficacia cuando una persona no encuentra especialistas, debe esperar meses para recibir atención o carece de recursos económicos para sostener un tratamiento.
La conmemoración de 2026 exige también revisar los modelos tradicionales de atención psiquiátrica. La OMS propone fortalecer los servicios comunitarios, reducir la dependencia de internamientos prolongados y colocar los derechos y las decisiones de las personas en el centro de la atención.
México necesita políticas públicas que trasciendan discursos, atención psicológica accesible en escuelas, detección temprana, capacitación docente, servicios especializados para adolescentes, programas de acompañamiento familiar y presupuesto suficiente para la atención comunitaria.
También necesitamos abandonar la idea de que pedir ayuda representa debilidad. La salud mental no distingue posición económica, profesión, género ni edad. Cualquiera puede atravesar una crisis emocional y necesitar acompañamiento.
La verdadera transformación comienza cuando dejamos de juzgar a quienes sufren y empezamos a construir instituciones capaces de escucharlos y atenderlos.
Porque una sociedad que ignora el sufrimiento emocional de su población no solamente fracasa en materia sanitaria: también incumple su compromiso con la dignidad humana.
México necesita políticas públicas sostenibles que garanticen atención psicológica en los tres niveles de gobierno, particularmente en momentos de crisis, es indispensable incluir módulos de atención psicosocial en los protocolos de protección civil, son necesarias brigadas permanentes de salud mental comunitaria, con presencia en zonas rurales y costeras y de manera urgente, aumentar el presupuesto al menos al 5% del gasto total en salud, como recomienda la Organización Mundial de Salud (OMS).
En Alguien como tú estamos convencidas…sin salud mental, no hay reconstrucción posible…
