Por Art1llero
Hay momentos en que aferrarse al poder termina siendo políticamente más costoso que renunciar a él.
El regreso de Rocha Moya a la gubernatura, anunciado unilateralmente después de 112 días de licencia, y su posterior repliegue apenas unas horas después de quedar políticamente bn ex aislado, exhibieron algo más que un gobernador sin cálculo político: mostraron las líneas de tensión que comienzan a dibujarse dentro de Morena rumbo a la sucesión.
La reacción de Claudia Sheinbaum fue especialmente significativa; la presidenta no respaldó el retorno de Rocha; por el contrario, dejó claro que ningún interés personal puede estar por encima de los intereses de la Nación. Morena y los gobernadores del movimiento hicieron lo propio.
El mensaje fue claro: Rocha no tenía autorización política para regresar.
Entonces la pregunta obligada es: ¿por qué decidió hacerlo?
Y es ahí donde aparece un elemento que no puede ignorarse: Andrés Manuel López Obrador.
Aunque el expresidente se retiró formalmente de la vida pública, el obradorismo no desapareció con su salida de Palacio Nacional. López Obrador conserva influencia simbólica, política y afectiva sobre buena parte de Morena.
Esto no significa que López Obrador haya ordenado el regreso de Rocha. No existen elementos públicos suficientes para afirmarlo. Pero sería ingenuo ignorar que Morena atraviesa una disputa por el control del futuro del movimiento.
La sucesión presidencial del 2030 ya comenzó a jugarse, aunque formalmente falten años. Y antes de la Presidencia está el 2027, donde se definirán gubernaturas, el Congreso y las estructuras territoriales que determinarán quién llegará fortalecido a la siguiente etapa.
En ese tablero comienzan a distinguirse dos grandes corrientes: los sheinbistas y los obradoristas.
No necesariamente son bloques perfectamente definidos ni irreconciliables. Muchos políticos pueden transitar de un espacio a otro según las circunstancias. Pero la disputa por el liderazgo y el rumbo de Morena es cada vez más evidente.
Desde esa perspectiva, el caso Rocha adquiere otra dimensión; su regreso pudo haber sido simplemente una mala decisión personal. Pero si existió la expectativa de que tendría el suficiente respaldo político para desafiar el contexto, el resultado fue terrible; en cualquier caso, Sheinbaum mostró que el centro del poder político está en Palacio Nacional, no en Palenque.
Una cosa es la autoridad moral y política que López Obrador conserva sobre su movimiento y otra, muy distinta, es el ejercicio constitucional del poder.
Sheinbaum no puede gobernar bajo la sombra permanente de su antecesor. Necesita construir su propio liderazgo, sus propios equilibrios y, eventualmente, su propia sucesión.
La definición del 2030 comenzará a resolverse mucho antes de la elección; por eso, el episodio Rocha puede ser visto como una pequeña batalla de una disputa mucho mayor.
