Por Art1llero
La carta de Andrés Manuel López Beltrán a Donald Trump por la cancelación de su visa sorprende no solamente por el reclamo, sino por el tono y la gravedad de las acusaciones contra Marco Rubio y Christopher Landau.
Andy no se limitó a cuestionar la decisión, acusó a ambos funcionarios de actuar con fines políticos, de espiar, acosar e intervenir en otros países; calificó su proceder “al estilo hitleriano” y como “jefes de pandillas”; llegó a pedir a Trump que los destituyera.
Es un reclamo inusualmente agresivo para quien pretende obtener una explicación de un gobierno extranjero. La misiva puede interpretarse como un desafío político, pero también como una apuesta temeraria, si Washington decide responder con información que hasta ahora no ha hecho pública, la carta podría terminar jugando en su contra.
Pero el problema no es solamente de Andy; la carta vuelve a colocar a la presidenta Sheinbaum en un escenario muy incómodo: defender a un integrante de Morena y, al mismo tiempo, evitar que el conflicto termine escalando con el gobierno de Donald Trump.
La presidenta ha tenido que enfrentar, una y otra vez, los escándalos y cuestionamientos que involucran a militantes y dirigentes de su propio movimiento. Cada caso la obliga a explicar, defender, deslindarse o exigir pruebas.
Ahora, un conflicto personal se convierte potencialmente en un asunto diplomático.
La pregunta es inevitable: ¿hasta dónde debe llegar la Presidencia para defender a sus correligionarios?
Tengo claro que México debe defender su soberanía frente a cualquier abuso extranjero; pero eso no significa que la presidenta tenga que asumir como propios los conflictos personales de los dirigentes de Morena.
Andy tiene derecho a reclamar, pero también tiene la responsabilidad de asumir las consecuencias políticas de la manera en que decide hacerlo.
Esta carta de tono incendiario, no sólo es un desafió a Rubio y Landau, también deja a Sheinbaum frente a un dilema que ella no provocó, pero que ahora tendrá que administrar.
