Por: Art1llero
Hoy, en el Día Mundial de la Libertad de Prensa, la narrativa suele concentrarse, con justa razón, en los riesgos que enfrentamos quienes ejercemos el periodismo en sus diferentes roles y facetas; sin embargo, reducir la Libertad de Expresión a una prerrogativa exclusiva de los medios es un error que debilita nuestra estructura social.
La Libertad de Expresión no es una concesión al periodismo; es el sistema respiratorio de la democracia y, como tal, pertenece a cada ciudadano.
Una ciudadanía que claudica en su derecho a decir lo que piensa, que se repliega ante el miedo o que se vuelve indiferente frente a la censura ajena, está permitiendo que el músculo democrático se atrofie.
Como bien sostiene el maestro Savater, la libertad demanda coraje. La libertad de expresión ejercida desde la academia, los sindicatos, el sector empresarial y las mesas de café, es lo que realmente impide que el poder se vuelva absoluto.
Cuando un profesional denuncia una irregularidad, cuando un activista defiende un recurso natural o cuando un ciudadano exige transparencia, están ejerciendo la misma libertad que nosotros defendemos con la pluma.
La democracia no es un estado de armonía perpetua, sino un sistema diseñado para gestionar el conflicto a través de la palabra. Si permitimos que el entorno mediático se sature de ruido, polarización o miedo, el resultado no solo es una prensa debilitada, sino una sociedad desarmada.
En este 3 de mayo, la invitación es a recuperar la palabra. La defensa de la Libertad de Expresión no termina en la protección del reportero; comienza en la convicción de cada individuo de que su voz tiene un peso ético y una responsabilidad social.
